Hay
pocas cosas más verdaderamente difíciles para un cineasta como narrar
una historia de amor. El amor, cuando funciona, tiende a lo cursi o a la
pornografía, o ambas cosas a la vez, en la vida y en el cine. El reto de Zhang Yimou, el director más popular de China con Amor bajo el espino blanco, una bellísima película, ha sido contar un romance desbocado sin sexo,
una de esas pasiones "puras" que se dan en la juventud y que en algunos
casos alcanzan la categoría de mitos, la eterna vuelta de tuerca a Romeo y Julieta y la fuerza del amor adolescente trágicamente destruido por el peso de las circunstancias y la injusticia.
Basada en una leyenda popular china adaptada a la ficción literaria por Ai Mi que se ha convertido en un bestseller mundial, la
película tiene como trasfondo la temible "revolución cultural" que
sometió a millones de chinos a la tortura, la prisión más ominosa en
esos "campos de reeducación" cuando no la muerte. Los
protagonistas son una colegiala cuyo padre ha sido represaliado en un
campo de concentración por derechista y un apuesto y sonriente militar.
Yimou ha dicho que no quería hacer una película política y ciertamente
no lo es tanto como podría haberlo sido. La represión china no se
presenta como una herida sangrante a modo de denuncia sino como una
metáfora de la estupidez y la crueldad humanas, que tanto pudiera ser la
dictadura de Pinochet como el régimen nazi yendo al extremo. Aquí, lo
importante es contraponer la pureza infinita del amor de esta pareja con
un marco político dominado por el odio; desde luego, no está tan lejos
de Romeo y Julieta.
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